lunes, 25 de abril de 2011
Feroz
La muerte es puntual. E impaciente. Basta una mirada suya para dejarnos hechos piedra. Es la Medusa del cuento. El Feroz y yo lo platicamos muchas veces, esperando nunca enfrentarnos a ella. Le sacamos la vuelta. Mejor hablar de futbol, de beisbol, de libros, de Sabina y de Serrat. Imaginábamos, como Anthony Queen, que Dios nos vería en la eternidad y nos diría: "Lo comprendo". En Navolato, en el San Pedro que quería ser paraíso, jugamos a que la Luna se fragmentaba en una pila de agua. Vimos las estrellas e inventamos constelaciones para nuestro horóscopo personal, para nuestro destino último y venturoso. Nunca esperamos que fuéramos a vivir el final -o el principio- de una novela negra. Pero la vida así es: comienza o acaba como una novela negra. Ahora estoy navegando en una botella de whisky de una sola malta. A él le hubiera gustado. A él le gustaba. No creo en historias fatales. Pero nos despedimos la última noche de Culiacán como si no fuera a haber otra temporada. Era una noche en Las Quintas, con la luna llena, cuando juramos que nos volveríamos a juntar. Será en otra ocasión. Llegaremos, Laura, el Feroz y yo, a la verja del más allá con una hielera llena de cervezas y hielo. Un hombre muy viejo, con unas alas muy grandes, nos abrirá las puertas de otro San Pedro. Nos verá y dirá: "¡Ay, cabrones! Pero los comprendo..."
viernes, 18 de marzo de 2011
Reflejos de reflejos de reflejos
A partir de la edición del libro “Los medios como extensiones del hombre”, de Marshall McLuhan, que avistaba la “globalización de la aldea”, nos hemos venido preocupando por la pérdida de nuestra identidad en manos de la homogeneidad que los medios masivos producen. El concepto de la aldea global nos ha perseguido, a contrapelo de nuestros nacionalismos. Sin embargo, con todo y el desarrollo mediático que se ha dado desde entonces, sigue subyaciendo al menos un escudo decimonónico: el provincianismo en la cultura.
Nuestro provincianismo vive agazapado en sus reductos naturales: los “ateneos” y capillas culturales; en alguna que otra crónica; en las asociaciones de escritores a la sombra de algún poeta o narrador que ya era trasnochado en su época; en las reuniones de doñitas de sociedad elevadas al rango de organizaciones civiles; en los admiradores de algún maestro de arte; o en los talleristas eventuales, diletantes y tránsfugas de los géneros (literarios).
Y es que nuestro provincianismo se sigue alimentando de citas sueltas, inscritas en nuestra memoria gracias al declamador sin maestro o a las 100 más bellas poesías. Se fortalece con la retacería musical compuesta de lugares comunes, del pastiche complaciente que no exige nada a los públicos ni a los artistas. El medio también es el “masaje” llegó a decir el citado McLuhan: el medio es también relajar al destinatario, no asustarlo ni retarlo. Nuestro provincianismo vive aún de ese medio que es mensaje: de la reiteración de lo exitoso, del eterno retorno de las mismas cosas, en las mismas épocas. De la minimización de los riesgos.
Y es que el riesgo debe ser minimizado para poder proteger el pedestal que el provinciano tiene erigido para sí mismo. Directores de música o de teatro que prohíben a sus miembros, so pena de ser excluidos del grupo, que vean a otros grupos, locales o foráneos. Que hacen del encerramiento su única posibilidad de sobrevivencia, que sólo se sienten seguros a la sombra de la admiración pueblerina.
Así se minimiza el riesgo que implica emprender nuevas ideas, nuevos repertorios. Así, nos quedamos atrapados en dos o tres líneas de Juan de Dios Peza, Tablada o López Velarde; en la música decimonónica (incluida la música mexicana de buena parte del siglo XX, que también lo es); en los artistas de la región que tienen el gran mérito de ser los artistas de la región. De enarbolar las banderas que nos hacen reconocibles y nos colocan delante de las huestes que preservan el entorno de los compartimentos estancos de la provincia.
Ya lo decía Salvador Novo, a propósito de la aparición de “Banderas de Provincia”, revista que encabezaba Yáñez junto a varios escritores más: “que son vuestras bucólicas poesías / reflejos de reflejos de reflejos”.
Nuestro provincianismo vive agazapado en sus reductos naturales: los “ateneos” y capillas culturales; en alguna que otra crónica; en las asociaciones de escritores a la sombra de algún poeta o narrador que ya era trasnochado en su época; en las reuniones de doñitas de sociedad elevadas al rango de organizaciones civiles; en los admiradores de algún maestro de arte; o en los talleristas eventuales, diletantes y tránsfugas de los géneros (literarios).
Y es que nuestro provincianismo se sigue alimentando de citas sueltas, inscritas en nuestra memoria gracias al declamador sin maestro o a las 100 más bellas poesías. Se fortalece con la retacería musical compuesta de lugares comunes, del pastiche complaciente que no exige nada a los públicos ni a los artistas. El medio también es el “masaje” llegó a decir el citado McLuhan: el medio es también relajar al destinatario, no asustarlo ni retarlo. Nuestro provincianismo vive aún de ese medio que es mensaje: de la reiteración de lo exitoso, del eterno retorno de las mismas cosas, en las mismas épocas. De la minimización de los riesgos.
Y es que el riesgo debe ser minimizado para poder proteger el pedestal que el provinciano tiene erigido para sí mismo. Directores de música o de teatro que prohíben a sus miembros, so pena de ser excluidos del grupo, que vean a otros grupos, locales o foráneos. Que hacen del encerramiento su única posibilidad de sobrevivencia, que sólo se sienten seguros a la sombra de la admiración pueblerina.
Así se minimiza el riesgo que implica emprender nuevas ideas, nuevos repertorios. Así, nos quedamos atrapados en dos o tres líneas de Juan de Dios Peza, Tablada o López Velarde; en la música decimonónica (incluida la música mexicana de buena parte del siglo XX, que también lo es); en los artistas de la región que tienen el gran mérito de ser los artistas de la región. De enarbolar las banderas que nos hacen reconocibles y nos colocan delante de las huestes que preservan el entorno de los compartimentos estancos de la provincia.
Ya lo decía Salvador Novo, a propósito de la aparición de “Banderas de Provincia”, revista que encabezaba Yáñez junto a varios escritores más: “que son vuestras bucólicas poesías / reflejos de reflejos de reflejos”.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Las presentaciones de libros
La verdad, la verdad, no soy muy afecto a asistir a las presentaciones de libros. No tengo nada en contra de ellas, es una mera cuestión de gustos personales. Por eso cada que estoy obligado a ir, me paso más tiempo en la absorta contemplación de los techos, que en lo que sucede en ese parnaso que habitualmente se instala en una tarima de dos por seis.
Lo que pasa en todas es básicamente lo mismo. Generalmente, pues, se instala una división de niveles: los de arriba, que llevan la voz cantante; y los de abajo, de común ordenados en círculos, como en el infierno de Dante. Los de arriba pueden ser tres o cuatro, dependiendo de si hay moderador o si hay maestro de ceremonias (que es nuestro Virgilio, escoltándonos a la gloria y presentándonos a los bienaventurados): el autor, al centro; a su lado los comentaristas, que habitualmente aprovechan la presentación de las personalidades del presidium que hoy nos acompañan para terminar sus notas sobre un libro que, en la mayoría de los casos, no han terminado de leer.
No por eso hay menos elogios, ni menos oportunidades de evocar algunas citas de aquí y allá, del libro en cuestión o de alguna referencia alterna aunque no venga al caso. Un amigo mío, presentador consuetudinario, ha desarrollado una técnica que lo redime incluso de leer posteriormente el libro: entresaca párrafos del principio, el medio y el final. Da la impresión de una lectura cabal. No deja de tener sus riesgos, pues es una especie de ruleta rusa que puede descontextualizar un concepto. Lo bueno es que los libros han sido celosamente guardados hasta ese preciso momento en que las edecanes los acomodan en el aparador donde se ponen en venta. Así que el único que se puede dar cuenta es el autor, si es que está poniendo atención y no está vigilando la entrada, pendiente de si llega este o aquel detractor, amigo de reventar los “eventos”.
Entre el público se entremezcla lo más variado de los mortales: familiares (que siempre llevan el brillo en los ojos); maestros, compañeros y alumnos del autor; amigos varios, interesados en el tema y funcionarios de la casa editora. Estos forman el primer círculo. En el segundo están los periodistas encargados de la reseña, libreta en mano; dos o tres infantes terribles, con algunas notas lapidarias; y los habituales asistentes a todo, que toman esto como terapia ocupacional.
En el tercer círculo aparecen los que van al cóctel y que se acomodan convenientemente cerca de la mesa de bocadillos, el vino de mesa, el café y las pastas. A este pertenezco yo. Ahí la conversación aflora jubilosa, se entera uno de los últimos chismes de la precaria aldea de la cultura y se hace la glosa del libro que aún no se ha leído.
Este es el lugar ideal para pasar la última parte de la presentación, sobre todo esa que preludia el verdadero infierno y que comienza cuando un asistente se levanta y dice voz engolada: “primero haré unos comentarios breves y luego unas preguntas”. Este es sin duda el escalofriante prolegómeno de una conferencia paralela, así que más vale refugiarse entre el limbo de los bocadillos y las edecanes o, de plano, regresar a la selva oscura en la noche de la ciudad.
Lo que pasa en todas es básicamente lo mismo. Generalmente, pues, se instala una división de niveles: los de arriba, que llevan la voz cantante; y los de abajo, de común ordenados en círculos, como en el infierno de Dante. Los de arriba pueden ser tres o cuatro, dependiendo de si hay moderador o si hay maestro de ceremonias (que es nuestro Virgilio, escoltándonos a la gloria y presentándonos a los bienaventurados): el autor, al centro; a su lado los comentaristas, que habitualmente aprovechan la presentación de las personalidades del presidium que hoy nos acompañan para terminar sus notas sobre un libro que, en la mayoría de los casos, no han terminado de leer.
No por eso hay menos elogios, ni menos oportunidades de evocar algunas citas de aquí y allá, del libro en cuestión o de alguna referencia alterna aunque no venga al caso. Un amigo mío, presentador consuetudinario, ha desarrollado una técnica que lo redime incluso de leer posteriormente el libro: entresaca párrafos del principio, el medio y el final. Da la impresión de una lectura cabal. No deja de tener sus riesgos, pues es una especie de ruleta rusa que puede descontextualizar un concepto. Lo bueno es que los libros han sido celosamente guardados hasta ese preciso momento en que las edecanes los acomodan en el aparador donde se ponen en venta. Así que el único que se puede dar cuenta es el autor, si es que está poniendo atención y no está vigilando la entrada, pendiente de si llega este o aquel detractor, amigo de reventar los “eventos”.
Entre el público se entremezcla lo más variado de los mortales: familiares (que siempre llevan el brillo en los ojos); maestros, compañeros y alumnos del autor; amigos varios, interesados en el tema y funcionarios de la casa editora. Estos forman el primer círculo. En el segundo están los periodistas encargados de la reseña, libreta en mano; dos o tres infantes terribles, con algunas notas lapidarias; y los habituales asistentes a todo, que toman esto como terapia ocupacional.
En el tercer círculo aparecen los que van al cóctel y que se acomodan convenientemente cerca de la mesa de bocadillos, el vino de mesa, el café y las pastas. A este pertenezco yo. Ahí la conversación aflora jubilosa, se entera uno de los últimos chismes de la precaria aldea de la cultura y se hace la glosa del libro que aún no se ha leído.
Este es el lugar ideal para pasar la última parte de la presentación, sobre todo esa que preludia el verdadero infierno y que comienza cuando un asistente se levanta y dice voz engolada: “primero haré unos comentarios breves y luego unas preguntas”. Este es sin duda el escalofriante prolegómeno de una conferencia paralela, así que más vale refugiarse entre el limbo de los bocadillos y las edecanes o, de plano, regresar a la selva oscura en la noche de la ciudad.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Día de muertos
Levanté un arco con flores de veinte pétalos. Encendí mis recuerdos para que puedas llegar a casa. Destapé una botella de licor y la bebí en tres tragos. Volví a la vieja calle de Federación, para comer maiz y tomar atole. Me asomé por los ojos huecos de una máscara de cartón y la vida aún seguía. Tú y yo caminábamos por una calle de luces amarillas. Me tomaste de la mano y me dijiste: “sigue”. Tú te fuiste por delante y me sonreíste a la entrada de la alameda. Murmuraste: “ojalá nos volvamos a ver”. Padre mío, estoy a la altura de la primera base. Ahora jugamos en casa. Tengo la manilla puesta para calentar el brazo. A lo lejos, el bosque de la Primavera nos ve ensayar un juego crucial. La vida es pichar, cachar o batear en un perpetuo tres-y-dos.
martes, 21 de septiembre de 2010
Juan José Arreola
Este almacén trae hoy a la memoria a Juan José Arreola, el literato jalisciense nacido en Zapotlán el Grande, Jalisco, un día como hoy, pero de 1918. Arreola escribió cinco libros memorables: Varia Invención, Bestiario, Palíndroma, Confabulario (todos ellos colecciones de cuentos) y la novela La feria.
En varias ocasiones entrevisté al maestro pero tengo fija en mi memoria la primera vez que nos citamos en Ciudad Guzmán, allá por 1981: llegó a bordo de una moto tipo vespa, con saco negro de terciopelo, pantalón gris de lana y tenis blancos. Parecía sacado de un cuento de Chanoc, en los que era asiduo personaje. Estaba en su momento: aparecía también con frecuencia en la televisión (Televisa e Imevisión, indistintamente), publicaba su columna en la cadena de los soles y era profeta en su propia tierra. Tenía una casa en las laderas del Volcán Colima, desde cuyos ventanales se dominaba todo Zapotlán. Decía, entre sorbo y sorbo de “clarete” –mezcla a partes iguales de vino tinto y blanco-, que le gustaría poner unas cuerdas de piso a techo en la sala y convertir su casa en un instrumento musical -una especie de arpa-, para crear una sonata para casa y flauta.
Arreola pasó sus últimos días por una difícil situación: una enfermedad convirtió su ilustre inteligencia en una isla; era un náufrago sin remedio, a la orilla de ese mar que todos desconocemos. No puedo menos que entristecerme y extrañar el prodigio de su elocuencia, su erudición y el deseado monólogo en que él convertía toda conversación.
Para guardar en el almacén: “Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente”. Juan José Arreola, (que fue Jonás en el vientre de la ballena y Mateo evangelista en muchos de sus cuentos) en “De Memoria y Olvido”, Confabulario.
En varias ocasiones entrevisté al maestro pero tengo fija en mi memoria la primera vez que nos citamos en Ciudad Guzmán, allá por 1981: llegó a bordo de una moto tipo vespa, con saco negro de terciopelo, pantalón gris de lana y tenis blancos. Parecía sacado de un cuento de Chanoc, en los que era asiduo personaje. Estaba en su momento: aparecía también con frecuencia en la televisión (Televisa e Imevisión, indistintamente), publicaba su columna en la cadena de los soles y era profeta en su propia tierra. Tenía una casa en las laderas del Volcán Colima, desde cuyos ventanales se dominaba todo Zapotlán. Decía, entre sorbo y sorbo de “clarete” –mezcla a partes iguales de vino tinto y blanco-, que le gustaría poner unas cuerdas de piso a techo en la sala y convertir su casa en un instrumento musical -una especie de arpa-, para crear una sonata para casa y flauta.
Arreola pasó sus últimos días por una difícil situación: una enfermedad convirtió su ilustre inteligencia en una isla; era un náufrago sin remedio, a la orilla de ese mar que todos desconocemos. No puedo menos que entristecerme y extrañar el prodigio de su elocuencia, su erudición y el deseado monólogo en que él convertía toda conversación.
Para guardar en el almacén: “Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente”. Juan José Arreola, (que fue Jonás en el vientre de la ballena y Mateo evangelista en muchos de sus cuentos) en “De Memoria y Olvido”, Confabulario.
lunes, 23 de agosto de 2010
Días Claudius
Estos días calurosos, sin sosiego por las calles de aquesta ciudad. Estos días en que el refugio se encuentra en un claustro, a la sombra de un acondicionador de aire. Estos días que piden a voz en cuello la lluvia aunque luego sea peor. Estos días deben servir para algo, digo yo.
Estos días en los que cabe la posibilidad de escuchar unos madrigales de Claudio Monteverdi, el compositor italiano que en el Renacimiento se trajo desde el Medievo esa forma poética para adaptarla a varias voces en sus canciones a capella (obras para ser cantadas en la capilla, sin más instrumento musical que la voz). Días para buscar en el diccionario y recordar que “madrigal” proviene del latín matrix: “matriz, madre”; acordar que “madrigal” significa, simple y llanamente, algo sencillo como un niño recién salido de la madre.
Días en que la luz pasa por la humedad cotidiana como por un lienzo de Claude Monet; días de jardines bajo la lluvia ausente y catedrales sumergidas en el vapor de este agosto, catedrales como de Claudio Aquiles Debussy, el impresionista de la música que capturó la luz de los sonidos.
Días para recordar la sombría existencia del emperador romano Claudio, el desgraciado esposo de Mesalina y, posteriormente, de Agripina, quien finalmente lo asesina.
O bien a Claudio II, el combatiente de los bárbaros que tenían el asedio al imperio como tradición tribal.
O para recordar a Claudio, Asterio y Neón, los tres hermanos que se negaron a ofrecer sacrificios a Júpiter y fueron crucificados, un día como hoy en Isauria hacia el año 303, por orden del procónsul Lisias.
Recordar que Claudio no significa otra cosa que “cojo”, y que en latín se dice claudius.
Para recordar que “Claudio” y “claudicar” provienen de la misma raíz latina, que probablemente provenga, a su vez, del indoeuropeo kleu-: “gancho, clavija o espiga”.
Recordar que sigo esperando aquí, para ver que más se encuentra en el almacén de estos días del calor.
Estos días en los que cabe la posibilidad de escuchar unos madrigales de Claudio Monteverdi, el compositor italiano que en el Renacimiento se trajo desde el Medievo esa forma poética para adaptarla a varias voces en sus canciones a capella (obras para ser cantadas en la capilla, sin más instrumento musical que la voz). Días para buscar en el diccionario y recordar que “madrigal” proviene del latín matrix: “matriz, madre”; acordar que “madrigal” significa, simple y llanamente, algo sencillo como un niño recién salido de la madre.
Días en que la luz pasa por la humedad cotidiana como por un lienzo de Claude Monet; días de jardines bajo la lluvia ausente y catedrales sumergidas en el vapor de este agosto, catedrales como de Claudio Aquiles Debussy, el impresionista de la música que capturó la luz de los sonidos.
Días para recordar la sombría existencia del emperador romano Claudio, el desgraciado esposo de Mesalina y, posteriormente, de Agripina, quien finalmente lo asesina.
O bien a Claudio II, el combatiente de los bárbaros que tenían el asedio al imperio como tradición tribal.
O para recordar a Claudio, Asterio y Neón, los tres hermanos que se negaron a ofrecer sacrificios a Júpiter y fueron crucificados, un día como hoy en Isauria hacia el año 303, por orden del procónsul Lisias.
Recordar que Claudio no significa otra cosa que “cojo”, y que en latín se dice claudius.
Para recordar que “Claudio” y “claudicar” provienen de la misma raíz latina, que probablemente provenga, a su vez, del indoeuropeo kleu-: “gancho, clavija o espiga”.
Recordar que sigo esperando aquí, para ver que más se encuentra en el almacén de estos días del calor.
lunes, 19 de julio de 2010
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