lunes, 1 de noviembre de 2010
Día de muertos
martes, 21 de septiembre de 2010
Juan José Arreola
En varias ocasiones entrevisté al maestro pero tengo fija en mi memoria la primera vez que nos citamos en Ciudad Guzmán, allá por 1981: llegó a bordo de una moto tipo vespa, con saco negro de terciopelo, pantalón gris de lana y tenis blancos. Parecía sacado de un cuento de Chanoc, en los que era asiduo personaje. Estaba en su momento: aparecía también con frecuencia en la televisión (Televisa e Imevisión, indistintamente), publicaba su columna en la cadena de los soles y era profeta en su propia tierra. Tenía una casa en las laderas del Volcán Colima, desde cuyos ventanales se dominaba todo Zapotlán. Decía, entre sorbo y sorbo de “clarete” –mezcla a partes iguales de vino tinto y blanco-, que le gustaría poner unas cuerdas de piso a techo en la sala y convertir su casa en un instrumento musical -una especie de arpa-, para crear una sonata para casa y flauta.
Arreola pasó sus últimos días por una difícil situación: una enfermedad convirtió su ilustre inteligencia en una isla; era un náufrago sin remedio, a la orilla de ese mar que todos desconocemos. No puedo menos que entristecerme y extrañar el prodigio de su elocuencia, su erudición y el deseado monólogo en que él convertía toda conversación.
Para guardar en el almacén: “Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente”. Juan José Arreola, (que fue Jonás en el vientre de la ballena y Mateo evangelista en muchos de sus cuentos) en “De Memoria y Olvido”, Confabulario.
lunes, 23 de agosto de 2010
Días Claudius
Estos días en los que cabe la posibilidad de escuchar unos madrigales de Claudio Monteverdi, el compositor italiano que en el Renacimiento se trajo desde el Medievo esa forma poética para adaptarla a varias voces en sus canciones a capella (obras para ser cantadas en la capilla, sin más instrumento musical que la voz). Días para buscar en el diccionario y recordar que “madrigal” proviene del latín matrix: “matriz, madre”; acordar que “madrigal” significa, simple y llanamente, algo sencillo como un niño recién salido de la madre.
Días en que la luz pasa por la humedad cotidiana como por un lienzo de Claude Monet; días de jardines bajo la lluvia ausente y catedrales sumergidas en el vapor de este agosto, catedrales como de Claudio Aquiles Debussy, el impresionista de la música que capturó la luz de los sonidos.
Días para recordar la sombría existencia del emperador romano Claudio, el desgraciado esposo de Mesalina y, posteriormente, de Agripina, quien finalmente lo asesina.
O bien a Claudio II, el combatiente de los bárbaros que tenían el asedio al imperio como tradición tribal.
O para recordar a Claudio, Asterio y Neón, los tres hermanos que se negaron a ofrecer sacrificios a Júpiter y fueron crucificados, un día como hoy en Isauria hacia el año 303, por orden del procónsul Lisias.
Recordar que Claudio no significa otra cosa que “cojo”, y que en latín se dice claudius.
Para recordar que “Claudio” y “claudicar” provienen de la misma raíz latina, que probablemente provenga, a su vez, del indoeuropeo kleu-: “gancho, clavija o espiga”.
Recordar que sigo esperando aquí, para ver que más se encuentra en el almacén de estos días del calor.
lunes, 19 de julio de 2010
sábado, 17 de julio de 2010
Recuerdos tapatíos II: En el seminario donde pasé mi adolescencia, nos permitían poner nuestra propia música en los desayunos de los sábados. Cuando descubrí a Serrat y a Miguel Hernández se me ocurrió poner el disco. Sonaba "pena con pena y pena desayuno/ pena es mi paz y pena mi batalla/ perro que ni me deja ni se calla/ siempre a su dueño fiel, pero importuno" cuando el cura prefecto se levantó y dijo: "Quiten a ese tipo que siempre está llorando". Cambió el disco por uno de Antonio Aguilar y puso una canción que decía: "me agarró la policia/ y me dieron para dentro/ estuvo muy feo, feo, feo/ las macanas tenian tunas/ por eso vengo sangriento..." Fue cuando empecé a perderle respeto a la jerarquía.
domingo, 11 de julio de 2010
Mercedes Yolanda
Te recuerdo en mi boda, con los anillos de Wilfredo y Merceditas en tus manos como una premonición firme de mi futuro. Recuerdo tu impaciencia y tu soledad. Tus paseos por San Pedro y las macetas de tu jardín. Recuerdo nuestros desayunos dominicales y tus amores inacabados, siempre ausentes.
Quiero decirte que la Bruja está triste, pero serena.
Y que te imagino enfrente del iglesia del Padre Cuco, a la espera de un camión que algún día va a llegar.
Ese camión llegó, Yolanda, y vas a bordo de un viaje sin retorno, pero con destino cierto.
Y yo me desvelo tratando de alisar esa colcha fina, de urdimbres inacabables.
No para inciar el día, sino para conciliar el sueño en esta noche ciega...
lunes, 21 de junio de 2010
Postales de viaje
Cruzo el portal de Santo Domingo. Me ven cara de querer comprar, porque todos los presentes me ofrecen el documento que necesite. Documento falsificado, por supuesto. Trato inútilmente de esquivarlos y, en plena huída, me meto en la Iglesia de los Dominicos, aquí, a un costado. Es bellísima. Está sola, salvo por un par de viejos -uno sentado, otro de rodillas, los dos abatidos- y yo. En este templo, mayo es el mes más cruel, adivino a través de las lápidas en los nichos mortuorios, fechadas en mayo de 1866 ó 1835 ó 1869. Todas lamentándose y guardando “el tierno recuerdo” de sus muertos. Tienen razón: nuestros muertos no envejecen; al contrario, se van rejuveneciendo en nuestra memoria, hasta llegar al status tiernamente infantil o juvenil, en ese tiempo pasado que siempre es mejor y que finalmente nos habita.
Quedo de frente al altar mayor y me custodian los dos laterales, de donde se asoman las caras inexpresivas y apretadas de ángeles y querubines. Varios benditos asoman también su rostro por entre las volutas recubiertas de oro; otros bienaventurados medio sonríen indiferentes desde sus pedestales, ahora oscuros por el humo de las velas, del incienso y de los automóviles. Ya ni siquiera se adivinan sus nombres en el frente, borrados por el tiempo y ciento cincuenta años de juarismo.
Regreso a las apretadas calles del centro. Edificios de todas las épocas se apretujan unos contra otros. Parece una dentadura a la que, de tan vieja, le han salido demasiadas muelas del juicio. Camino bajo el ruido disperso, que de repente se concentra en una bocina de una patrulla conducida por una mujer policía. Grita: “¡Avancen, avancen!”, como si tratara de arriar a todo el país y no sólo al par de taxistas que se disputan una llevada. Regreso pensando en hacer una síntesis de todo: las calles, la gente, la Coyolxahuqui desmembrada al sol, los evangelistas apócrifos del portal de Santo Domingo, la marcha forzada de los santos en las iglesias desiertas, la piratería, los millones de muertos y de vivos de esta ciudad. Pero sólo percibo un dejo de venganza todavía no consumada.
sábado, 5 de junio de 2010
El neobuchón
El Neobuchón es la etapa más reciente en la escala histórica del narcotráfico. Después de pasar por varios estadios, desde aquel lejano en que trataba el narco de distanciarse de los círculos sociales, hasta su intento de asimilarse a la sociedad, pasando por su aceptación y encumbramiento, esta época reciente se caracteriza por el triunfo cultural de los neobuchones, según dice Gerhard von Schwartzen-Arandenner, investigador y sociólogo que, gracias a ser alemán y residir a
Este triunfo cultural (y en cierta forma moral) está caracterizado por la aceptación general de la figura del narco en la cultura nacional y en la vida cotidiana, y el traslado de sus valores (y por lo tanto de su moral) a la sociedad. El buchonismo es emblemático de lo que ahora llaman “cultura popular” y que no es otra cosa que un subproducto de la mercadotecnia. Pongo a VideoRola por testigo, o a Bandamax, o cualquier palenque de cualquier feria. Porque la principal característica de la estética neobuchona es su reto franco y decidido a lo que en algún momento se conoció como “buen gusto”, o “gusto” a secas. Von Schwartzen no duda en mencionar a Humberto Eco, que describe el arte kitsch –vulgar, de mal gusto- como un trasvase de estilemas. Si señor, como usted lo leyó. Preocupado porque no le entendí ni madres, y recurriendo a mi anciano maestro de semiótica estructuralista, por fin acaté que no es otra cosa que tomar –digámoslo así- envases y cambiarles el contenido. Como un pariente mío, que rellenaba botellas de VSOP con brandy Presidente, alegando –con mucho éxito- que nadie notaría la diferencia.
Pues así pasa con el neobuchón, en cuestiones estéticas: toma una camisa de seda, y en lugar de estamparle un dragón, le pone una calca de San Judas Tadeo; maneja sus mercedes, jaguares, bmw, o hummers con el estéreo y el Coyote y su banda Tierra Santa a todo volumen; compra sus casas en los fraccionamientos más exclusivos para convertirlos en quinto patio y rellenarlos de matones; ha hecho que los niños bien y júniores varios se peleen por su compañía y copien su look. Toma empresas para rellenarlas de dinero sucio, presto para ser lavado.
Pero más allá del pintoresquismo, cuya crítica pueda incluso interpretarse como clasista, está el triunfo moral, el triunfo del inmediatismo y el facilismo sobre el trabajo y la previsión. El triunfo de la ganancia sobre la honestidad; de la gritería apabullante sobre el razonamiento. El triunfo final que sólo se justifica en el triunfo mismo.
No queda más que ser pesimista como el propio investigador alemán. Y acostumbrarnos a leer todas las mañanas las infaustas noticias de la vida nacional escritas con la peculiar sintaxis de los narcotraficantes neobuchones. A desayunarnos cotidianamente con la inequívoca semiología de los cadáveres.
martes, 1 de junio de 2010
Del juniorismo
Ya les platicaré de la buchonización de la sociedad. Es un proceso que pudiera aparentar que toda esta sociedad está compuesta por buchones, por la sencilla razón de que están los que son, los que quieren ser y los que nada más quieren aparentar (y el resto, claro está, que nomás somos espectadores o daños colaterales).
Los adultos ya se definieron a estas alturas y, o están metidos en el negocio o están ajenos completamente o ya se son casualties of war. Pero me voy a referir a los júniores que abarrotan y fatigan nuestras calles por las noches: ya hasta creo tener una tipología que distingue a unos de los otros. Conceptualmente, porque hacer un estudio de campo es muy costoso. Hasta puede ir la vida en ello. Aquí mis apuntes.
El narco júnior: este es el tipo más peligroso. Son hijos de los que andan en el negocio y la prepotencia la mamaron desde chiquitos. Estudian en escuelas particulares, de todos los rangos. Traen autos de lujo último modelo y lana para mantener una cuota de amigos y amigas que le festejan cuanta ocurrencia criminal tienen. Son clientes predilectos de las tamboras, los antros y las vinaterías. En Culiacán se sienten (o son) dueños de Las Quintas y anexas, y las han convertido en su bar particular, avenidas incluidas. La policía se les cuadra. En las horas más altas de la madrugada, descargan sus armas de fuego, al igual que el perro le ladra a la luna. Es conmovedor, me cai.
El júnior narco: este es menos peligroso, porque generalmente proviene de las clases medias en todo su espectro. Pero, como la movilidad social entre las clases media y alta tiene muchos escalones, le entran al ascensor del tráfico de drogas al menudeo, en primera estancia. Son parte del círculo de amigos que se transforma en empleados. Aún así, empiezan a hacer una pequeña fortuna que les alcanza para una vida parecida a la del narco júnior, con más riesgo, ya que viven entre la espada de la policía y la pared del proveedor.
El júnior narcoide: este ni está ni se rodea: simplemente quiere parecerlo porque se le hace chilo. Trae todos los corridos prohibidos en el estéreo del carro, está al pendiente del Foro Tecate y disfruta verdaderamente del palenque de la Feria Ganadera. Se siente cool en camionetas de cuatro por cuatro (de modelos atrasados) y piensa que el Lupillo Rivera es la versión actualizada de Pedro Infante. Gasta los ahorros familiares en algo de ropa versache y comales de oro para el pecho. Ve de lejos y con respecto a las dos clasificaciones anteriores y sueña entrar en su VIP del antro. Cree que Aunque nos maten es una novela y que Jorge Aragón es literato.
lunes, 31 de mayo de 2010
Apuntes para una crónica del narco
El buchón primitivo es la primera de las manifestaciones de esta corriente que ha desembocado con su tumultuoso caudal en las pantallas de VideoRola y Bandamax. En esta etapa, la presencia del buchón es más bien discreta, impregnada de un fuerte olor a monte y a aguachile.
Su primera caracterización no se diferencia mucho de lo que sucede con el campesino que emigra a la ciudad: trata de urbanizar su aspecto, pero sin relegar completamente los rasgos campesinos. Conserva, por ejemplo, el sombrero y las botas, pero cambia de camisa y pantalón. Su casa es grande, pero muy de rancho –todavía no aparecen las altas tapias y la vigilancia sofisticada- y es muy renuente al uso del automóvil, ya que prefiere las camionetas. Las características del hombre de campo lo siguen marcando: hombre de palabra, solidario con los suyos, pero –en contrapartida- orgulloso de ser cerrero, ignorantón y bronco.
Su más fuerte debilidad son los metales, de entre los que prefiere el oro, la plata y el plomo, dependiendo de la necesidad inmediata. Según algunas de las fuentes investigadas es precisamente el (ab)uso de los metales lo que le da el nombre de buchón, por la cantidad de colguijes que cargan al cuello y que le abultan el buche. Sin embargo –según otros informantes- es la configuración fenotípica del sierreño (amplia caja torácica, cuello reducido y dentadura fuerte) la que originó el nombre. Yo en particular, que no soy especialista en el tema, creo que es más bien su propensión desesperada a la acumulación y saturación de todo lo comprable lo que define el término.
El narco temprano –la siguiente etapa- es en realidad una transición del mismo buchón primitivo, que empieza a ser más citadino y busca relacionarse con sus nuevos vecinos. Establece fácilmente relación con diversos empresarios, particularmente con banqueros, constructores y agentes de bienes raíces. Una parte significativa de estos gremios hace relaciones muy productivas, pero mantiene una prudente distancia, más por desprecio de clase que por razones de ética profesional o moral personal.
Para este personaje es evidente el desprecio con que es tratado, pero sabe que tiene la sartén por el mango. En una búsqueda de aceptación, trata de que su imagen se asimile con las clases medias y medias altas, y los toma por modelos sociales (no se adivinaba por entonces que estos papeles se cambiarían algunos años más tardes). Es una especie de tributo que el narco paga gustoso, ya que le sirve de caballo de Troya para asaltar esta sociedad que se encanta con los negocios fáciles, el lavado de dinero, las fortunas que se heredan por ser tan sólo prestanombre o beneficiario de las cuentas bancarias, y el respetillo que todavía tienen por los licenciados, los ingenieros o los gerentes.
Sin embargo las cosas empezarían a cambiar. Como si todos los narcos tempranos se hubieran puesto de acuerdo para ver “El Padrino II” y lo hubieran utilizado como manual para sus organizaciones ya más cimentadas y florecientes. Como si, a partir de este momento, ya entendieran que las condiciones las pondrían ellos si tuvieran algunos personajes de la vida pública de su lado.
Esto señala el advenimiento del Narco clásico, ese que ha llenado las pantallas del videohome con una pléyade de producciones deplorables. Aún así, ninguna se acerca realmente al personaje que dominó la escena de los últimos años ochenta y los primeros noventa. Porque el narco clásico, que había tomado como modelo a los licenciados, banqueros y constructores se fue volviendo cada vez más asimilado a los círculos sociales. Ya la “sociedad” no les hacía tanto el feo, la clase media –tan vilipendiada por las crisis sexenales de esas décadas- los veía como una de las pocas opciones de movilidad social.
Para estos años, el narco se vuelve inversionista, en particular de bienes raíces. Pero también ingresa su dinero en otro tipo de inversiones: comercio, gimnasios, una que otra factoría; no sólo para el lavado de dinero, sino también para asegurar la entrada de su descendencia familiar en los círculos sociales.
Es en esta época cuando el narco forja su leyenda de benefactor social. Regresan a sus lugares de origen para pavimentar calles, levantar capillas, auxiliar a las viudas (muchas de las cuales lo son por su intervención directa), socorrer a los viejos o introducir luz eléctrica. Ante los ojos de estos pueblos olvidados de la mano de dios y de la solidaridad salinista, son el poder absoluto pero caritativo; el ogro filantrópico de la Sierra Madre; el señor feudal que se abroga la pernada, las vidas y las haciendas, pero remunera con largueza y personifica esa obligatoria justicia social que la vida moderna ha tratado de convertir en caridad cristiana y discrecional.
De esta época son las mansiones enormes, neoclásicas (columnas, dinteles, estatuas, nichos); vigiladas, pero discretas. Se les ve manejando sus propios vehículos, asisten a las discotecas de moda, se relacionan con algunos políticos y sus familias, son clientes regulares de los restaurantes más exclusivos, y recurren a la ropa y los accesorios de marca. Refinan sus gustos o cuando menos toleran la refinación, esperando una carta de naturalidad expedida por las clases pudientes, quienes eventualmente se la dan.
Pero esta década de dicha y este romance terminó por irse al traste por causas poco definidas. Quizá esta visibilidad los hizo más vulnerables, no ante la policía, sino ante los cárteles rivales. No hay nada más peligroso para un capo que la rutina en su vida cotidiana, y esa lección la van aprendiendo poco a poco.
Esta paulatinidad da como resultado su declive, que lo convierte en tardío por el abandono de los hábitos sociales y el regreso a la clandestinidad. Este regreso se significa también en un regreso a los orígenes, lo cual crea una de las etapas más temibles de esta delincuencia que es el Neobuchonismo. Pero ese es tema de otra entrega.
sábado, 29 de mayo de 2010
Tierra mojada
Por razones que no vienen al caso estoy en la ciudad de Guadalajara. Esta noble y leal fue fundada un día de San Valentín de hace 468 años. Bueno, como la cuarta (¿tercera?) fundación, porque las tres (¿dos?) anteriores fueron arrasadas por caxcanes y chichimecas, que no veían con buenos ojos a Nuño Beltrán. El bravo capitán Nuño y españoles que lo acompañaban, en correspondencia, prácticamente los extinguieron. El caso es que llegaba Beltrán de Guzmán, ponía la primera piedra, se decían los discursos de rigor (“esto lo hacemos con la firme convicción de que seguimos con puntualidad la inspirada guía de S. M. El Rey gobernante de España; que cumplimos con su mandato, y que nada de esto sería posible si no fuera por su preclara visión de futuro, que hará desta fundación asiento de su nobleza y etc...”). Los caxcanes, que ya veían venir el Festival del Maricahi, las Fiestas de Octubre con todo su culto por el kitsch y adivinaban en lontananza el Parián de Tlaquepaque hirviendo de turistas y de birria, procedían el día siguiente a desenterrar la piedra y a enterrar españoles.
Luego que regresaba Nuño de fundar alguna otra ciudad (como
La última fundación no fue sencilla, por el acoso de los nativos y la ingestión de pozole de puerco. El cabildo estaba por dejar la ciudad a merced de sus enemigos. Pero, en una acalorada reunión, una mujer se plantó en sus cinco y dijo “El rey es mi gallo” y de aquí no nos mueven. Y ya no los movieron. Esto según yo, es otro motivo para la esquizofrenia tapatía: la ciudad de los bravíos charros y pistoleros, en realidad de fundó por la decisión, los calzones y los tanates de doña Beatriz Hernández.
martes, 25 de mayo de 2010
Imágenes para documentar el kitsch II
El videoclip empieza con un medium shot (que en el caso de Julio Preciado es siempre un full shot) de nuestro protagonista que corta cartucho a una pistola escuadra y apunta a la cámara, es decir, al espectador. Ni modo de no seguir viendo. Este video es, como la gran mayoría de los realizados para la banda sinaloense, una historia de un amor imposible: el del protagonista –todo cargado de gadgets, pero de condición humilde- por una mujer de una clase o educación o estatus o automóvil o casa o lo que sea, superior; nuestro cantante popular se asume –no sé en aras de qué- siempre en desventaja con el objeto amoroso.
Julio es, pues, un investigador privado y la mujer de sus deseos lo contrata para vigilar a su marido, del cual sospecha que tiene un affaire con otra dama. Las pruebas que presenta finalmente el IP son irrefutables: unas fotos en blanco y negro donde la pareja adúltera se besa. La mujer se derrumba ante los ojos de nuestro héroe, que trata de reconstruir el corazón de su amada imposible. Ella, previsiblemente, lo rechaza.
Pero nuestro gordito es de armas tomar (se la pasa cortando cartucho a la pistola escuadra, innecesariamente, lo cual explica también sus tácticas de seducción según se verá más adelante en el mismo video) y sigue con insistencia a la dama por todas partes. Pero el hábito no hace al monje, aún en casos de acoso.
Aunque Preciado es investigador privado, no puede ocultarse –es de constitución conspicua: viste de traje y lentes negros, y siempre trae binoculares o una cámara con telefoto- mientras observa que la mujer se queja amargamente con una amiga de que el IP la trae jodida por el acoso amoroso. Aquí uno se da cuenta de que él tiene el privilegio de escuchar parte de las conversaciones de los protagonistas, porque si siguiéramos la letra de la canción no entenderíamos ni madre. Luego, como parte de un inteligente plan de seducción, la sorprende y la besa en la boca mientras su ¿ayudante? ¿compadre? ¿judicial favorito? les toma una foto. Ella se separa del beso imprevisto y le acomoda, de una cachetada, el mentón en el lomo. Pero la foto va a dar a las manos del marido de la susodicha.
Está uno a punto de enterarse del desenlace (¿se darán de cornadas ambos cónyuges?) cuando en la pantalla aparece: “Continuará...” Se nos acabó el video pero no la historia. Y sólo nos recurre la imagen de Preciado, cortando un cartucho, para dejar el tiro eterna y onánicamente en la recámara.
Sólo para veraderos fans: http://www.youtube.com/watch?v=NeDhAOHs3MY
Imágenes para documentar el kitsch I
Pero el gordillo es un poeta, de botas vaqueras y un comal de oro colgado del b(v)asto cuello, así que, en lo alto de un risco y con el mar como fondo, escribe y escribe líneas en una vieja máquina de escribir Underwood. ¿Qué escribe? Nadie sabe. Acaso encendidos versos de desamor; a lo mejor una canción desesperada; probablemente su urgente declaración de impuestos, ahora que los intelectuales también (lloran y) pagan.
Editamos a un over shoulder del Coyote, que deja caer sus manos como racimos de platanitos dominicos sobre las teclas negras. Plano general: en el risco junto al mar, medio nublado con sol. La torrencial lluvia de una manguera de media pulgada se abate –como lágrimas de utilería- sobre el lomo de nuestro personaje. Está lloviendo con sol: en Sinaloa dicen que están pariendo las venadas y, por lo que se ve, también un corazón.
El Coyote sigue tecleando con furia, pero la lluvia le enfría el ardor y sale de escena tan rápido como su volumen-ominosa figura se lo permite. Corte a: plano detalle del frente de la máquina Underwood, donde se aprecian las teclas aplastadas y atoradas por la amorosa furia. Aquí finalmente, se descorre el velo del misterio: no estaba escribiendo nada, estaba usando la máquina como instrumento de percusión para acompañar su gustadísimo éxito: “Sufro-o-o...”
Sólo para fans irredentos: http://www.youtube.com/watch?v=iNNKfhJlp1s
lunes, 24 de mayo de 2010
El regreso del feudalismo
Gran parte del triunfo de los señores neofeudales se basa en el fracaso de la sociedad moderna para garantizar equidad. La gran esperanza de la democracia de crear condiciones de igualdad es más lejana que nunca. La mayoría de nuestros países ven aumentar la pobreza, no la distribución de la riqueza.
A este desencanto habría que agregar la creciente influencia de las corporaciones en el sentido de pertenencia de los grupos sociales, desde el ámbito laboral hasta el deportivo y la sustitución de los símbolos tradicionales.
En el ámbito deportivo, por ejemplo, desaparecieron las ciudades, los barrios, los uniformes y los nombres del equipo como signo de identidad: lo que ahora ocupa el frente y el revés de camisetas y pantaloncillos son marcas y más marcas comerciales. Muy en ello, con las camisetas y el merchandise diverso de los clubes, uno paga también por portar la publicidad
Las religiones más o menos constituidas están siendo reemplazadas por rituales y creencias disímbolas, disparatadas y diversas, pero todas encantadoramente verosímiles. Que si las velas de aroma, que si los cuarzos, las pláticas con ángeles, el incienso, los colores, las apariciones de vírgenes en cada objeto ovoide, el tarot, la música de los chacras y toda esa charlatanería cursi que se autodenomina new age.
Pero el neofeudalismo tiene su caracterización también en una serie de ideas fijas:
1.- El nuevo señor feudal desconfía de los poderes establecidos. Tiene la firme convicción de que las instituciones públicas son una forma más para arrebatarle su riqueza. Para él, la única organización eficiente es la privada. Organización que no tiene ganancias en dinero, es una organización inútil. Por lo tanto, toda institución pública que se respete debe organizarse en estratos gerenciales y cobrar. Se asume como redentor de la sociedad actual, siempre y cuando no se le cuestione ni su riqueza ni su manera de acumularla; también considera que su bienestar y el de sus empresas son indicativos del bienestar de la sociedad; por lo tanto, todas aquellas acciones de gobierno que lo favorezcan, favorecen necesariamente a la sociedad. Ya no es el aforismo absolutista de “El estado soy yo”, ahora es “Mi negocio es la sociedad”.
2.- El neofeudal desconfía de los sistemas de control social y vigilancia: establece los suyos propios. Crea sus propios entornos sociales y habitacionales, y los cierra en nombre de la libertad que se abroga para restringir las libertades de los demás. Los espacios citadinos son sus espacios, y están bajo su control. Tiene la firme convicción de que a la sociedad le importa un bledo su seguridad. Esto no le impide exigir al gobierno que corra con los gastos de mantenimiento urbano y seguridad.
3. El señor neofeudal procura tener su propia corte, la cual le forma un entorno que lo hace sentir seguro de que sabe más porque tiene más (¿o viceversa?) y le procura un espacio donde hay de todo: bufones, sabios, comerciantes, artesanos, cortesanos y cortesanas, artistas y religiosos. Le gusta pasar por benefactor, en la medida que los gastos originados se le puedan cargar al erario. La corte tiene sus protocolos y sus ritos, sus pugnas internas y escasa movilidad. Quien entra como paje, generalmente como paje se queda.
4. El neofeudal es individualista, por lo tanto, aborrece todo aquello que tenga que ver con la colectividad. Para esconder esta ideología, le gusta ponerle nombres diferentes a las cosas, con tal de que no aparezca “social”: Desarrollo Humano, Economía Humanista, etc. Para él la sociedad no es más que la suma de los individuos.