lunes, 31 de mayo de 2010

Apuntes para una crónica del narco

Diversos investigadores clasifican la crónica del narco en las etapas: a) Buchón primitivo (1969-76); Narco temprano (1977-1980), Narco clásico (1981-85), Narco tardío (1986-97); y Neobuchón (1998- ).

El buchón primitivo es la primera de las manifestaciones de esta corriente que ha desembocado con su tumultuoso caudal en las pantallas de VideoRola y Bandamax. En esta etapa, la presencia del buchón es más bien discreta, impregnada de un fuerte olor a monte y a aguachile.

Su primera caracterización no se diferencia mucho de lo que sucede con el campesino que emigra a la ciudad: trata de urbanizar su aspecto, pero sin relegar completamente los rasgos campesinos. Conserva, por ejemplo, el sombrero y las botas, pero cambia de camisa y pantalón. Su casa es grande, pero muy de rancho –todavía no aparecen las altas tapias y la vigilancia sofisticada- y es muy renuente al uso del automóvil, ya que prefiere las camionetas. Las características del hombre de campo lo siguen marcando: hombre de palabra, solidario con los suyos, pero –en contrapartida- orgulloso de ser cerrero, ignorantón y bronco.

Su más fuerte debilidad son los metales, de entre los que prefiere el oro, la plata y el plomo, dependiendo de la necesidad inmediata. Según algunas de las fuentes investigadas es precisamente el (ab)uso de los metales lo que le da el nombre de buchón, por la cantidad de colguijes que cargan al cuello y que le abultan el buche. Sin embargo –según otros informantes- es la configuración fenotípica del sierreño (amplia caja torácica, cuello reducido y dentadura fuerte) la que originó el nombre. Yo en particular, que no soy especialista en el tema, creo que es más bien su propensión desesperada a la acumulación y saturación de todo lo comprable lo que define el término.

El narco temprano –la siguiente etapa- es en realidad una transición del mismo buchón primitivo, que empieza a ser más citadino y busca relacionarse con sus nuevos vecinos. Establece fácilmente relación con diversos empresarios, particularmente con banqueros, constructores y agentes de bienes raíces. Una parte significativa de estos gremios hace relaciones muy productivas, pero mantiene una prudente distancia, más por desprecio de clase que por razones de ética profesional o moral personal.

Para este personaje es evidente el desprecio con que es tratado, pero sabe que tiene la sartén por el mango. En una búsqueda de aceptación, trata de que su imagen se asimile con las clases medias y medias altas, y los toma por modelos sociales (no se adivinaba por entonces que estos papeles se cambiarían algunos años más tardes). Es una especie de tributo que el narco paga gustoso, ya que le sirve de caballo de Troya para asaltar esta sociedad que se encanta con los negocios fáciles, el lavado de dinero, las fortunas que se heredan por ser tan sólo prestanombre o beneficiario de las cuentas bancarias, y el respetillo que todavía tienen por los licenciados, los ingenieros o los gerentes.

Sin embargo las cosas empezarían a cambiar. Como si todos los narcos tempranos se hubieran puesto de acuerdo para ver “El Padrino II” y lo hubieran utilizado como manual para sus organizaciones ya más cimentadas y florecientes. Como si, a partir de este momento, ya entendieran que las condiciones las pondrían ellos si tuvieran algunos personajes de la vida pública de su lado.

Esto señala el advenimiento del Narco clásico, ese que ha llenado las pantallas del videohome con una pléyade de producciones deplorables. Aún así, ninguna se acerca realmente al personaje que dominó la escena de los últimos años ochenta y los primeros noventa. Porque el narco clásico, que había tomado como modelo a los licenciados, banqueros y constructores se fue volviendo cada vez más asimilado a los círculos sociales. Ya la “sociedad” no les hacía tanto el feo, la clase media –tan vilipendiada por las crisis sexenales de esas décadas- los veía como una de las pocas opciones de movilidad social.

Para estos años, el narco se vuelve inversionista, en particular de bienes raíces. Pero también ingresa su dinero en otro tipo de inversiones: comercio, gimnasios, una que otra factoría; no sólo para el lavado de dinero, sino también para asegurar la entrada de su descendencia familiar en los círculos sociales.

Es en esta época cuando el narco forja su leyenda de benefactor social. Regresan a sus lugares de origen para pavimentar calles, levantar capillas, auxiliar a las viudas (muchas de las cuales lo son por su intervención directa), socorrer a los viejos o introducir luz eléctrica. Ante los ojos de estos pueblos olvidados de la mano de dios y de la solidaridad salinista, son el poder absoluto pero caritativo; el ogro filantrópico de la Sierra Madre; el señor feudal que se abroga la pernada, las vidas y las haciendas, pero remunera con largueza y personifica esa obligatoria justicia social que la vida moderna ha tratado de convertir en caridad cristiana y discrecional.

De esta época son las mansiones enormes, neoclásicas (columnas, dinteles, estatuas, nichos); vigiladas, pero discretas. Se les ve manejando sus propios vehículos, asisten a las discotecas de moda, se relacionan con algunos políticos y sus familias, son clientes regulares de los restaurantes más exclusivos, y recurren a la ropa y los accesorios de marca. Refinan sus gustos o cuando menos toleran la refinación, esperando una carta de naturalidad expedida por las clases pudientes, quienes eventualmente se la dan.

Pero esta década de dicha y este romance terminó por irse al traste por causas poco definidas. Quizá esta visibilidad los hizo más vulnerables, no ante la policía, sino ante los cárteles rivales. No hay nada más peligroso para un capo que la rutina en su vida cotidiana, y esa lección la van aprendiendo poco a poco.

Esta paulatinidad da como resultado su declive, que lo convierte en tardío por el abandono de los hábitos sociales y el regreso a la clandestinidad. Este regreso se significa también en un regreso a los orígenes, lo cual crea una de las etapas más temibles de esta delincuencia que es el Neobuchonismo. Pero ese es tema de otra entrega.

sábado, 29 de mayo de 2010

Tierra mojada

Por razones que no vienen al caso estoy en la ciudad de Guadalajara. Esta noble y leal fue fundada un día de San Valentín de hace 468 años. Bueno, como la cuarta (¿tercera?) fundación, porque las tres (¿dos?) anteriores fueron arrasadas por caxcanes y chichimecas, que no veían con buenos ojos a Nuño Beltrán. El bravo capitán Nuño y españoles que lo acompañaban, en correspondencia, prácticamente los extinguieron. El caso es que llegaba Beltrán de Guzmán, ponía la primera piedra, se decían los discursos de rigor (“esto lo hacemos con la firme convicción de que seguimos con puntualidad la inspirada guía de S. M. El Rey gobernante de España; que cumplimos con su mandato, y que nada de esto sería posible si no fuera por su preclara visión de futuro, que hará desta fundación asiento de su nobleza y etc...”). Los caxcanes, que ya veían venir el Festival del Maricahi, las Fiestas de Octubre con todo su culto por el kitsch y adivinaban en lontananza el Parián de Tlaquepaque hirviendo de turistas y de birria, procedían el día siguiente a desenterrar la piedra y a enterrar españoles.

Luego que regresaba Nuño de fundar alguna otra ciudad (como La Villa de San Miguel de Colhuacán, o Santiago de Compostela) y de pasar unas vacaciones cazando jabalís en San Blas, encontraba entre el tiradero y el humo la placa conmemorativa. Se enfurecía en serio, se movía algunos kilómetros para el sur hasta encontrar otro río, y procedía a dar la ceremonia de fundación y el discurso. Se iba, y al regreso lo mismo. Así trajeron a la ciudad de Guadalajara a literal salto de mata desde Nochistlán, en Zacatecas, hasta un lugar donde pasaba un río que desembocaba en una profunda garganta de piedra. A orillas de ese río –ahora llamado de San Juan de Dios- se fundó definitivamente. Cerca existía un pequeño poblado, conocido como Analco –“al lado del río”, en lengua nativa- en la ribera oriental. Los españoles decidieron poner el centro de la ciudad en la occidental, donde actualmente se encuentra Santa María de Gracia. Desde entonces, esta ciudad quedó socialmente esquizofrénica, al grado de ahora que son dos distintas: de la Calzada Independencia (bajo la cual corre, entubado, el río de San Juan de Dios) hacia el oriente, con sus colonias populares y barrios –su edificio emblemático es el Hospicio, es decir, el hogar de los huérfanos- y hacia el poniente los ricos, teniendo como emblemas los símbolos de los sectores más poderosos de la urbe: el Gobierno (con el Palacio), el Clero (con la Catedral y los numerosísimos templos del centro) y los comerciantes (con sus plazas comerciales).

La última fundación no fue sencilla, por el acoso de los nativos y la ingestión de pozole de puerco. El cabildo estaba por dejar la ciudad a merced de sus enemigos. Pero, en una acalorada reunión, una mujer se plantó en sus cinco y dijo “El rey es mi gallo” y de aquí no nos mueven. Y ya no los movieron. Esto según yo, es otro motivo para la esquizofrenia tapatía: la ciudad de los bravíos charros y pistoleros, en realidad de fundó por la decisión, los calzones y los tanates de doña Beatriz Hernández.

martes, 25 de mayo de 2010

Imágenes para documentar el kitsch II


El videoclip empieza con un medium shot (que en el caso de Julio Preciado es siempre un full shot) de nuestro protagonista que corta cartucho a una pistola escuadra y apunta a la cámara, es decir, al espectador. Ni modo de no seguir viendo. Este video es, como la gran mayoría de los realizados para la banda sinaloense, una historia de un amor imposible: el del protagonista –todo cargado de gadgets, pero de condición humilde- por una mujer de una clase o educación o estatus o automóvil o casa o lo que sea, superior; nuestro cantante popular se asume –no sé en aras de qué- siempre en desventaja con el objeto amoroso.

Julio es, pues, un investigador privado y la mujer de sus deseos lo contrata para vigilar a su marido, del cual sospecha que tiene un affaire con otra dama. Las pruebas que presenta finalmente el IP son irrefutables: unas fotos en blanco y negro donde la pareja adúltera se besa. La mujer se derrumba ante los ojos de nuestro héroe, que trata de reconstruir el corazón de su amada imposible. Ella, previsiblemente, lo rechaza.

Pero nuestro gordito es de armas tomar (se la pasa cortando cartucho a la pistola escuadra, innecesariamente, lo cual explica también sus tácticas de seducción según se verá más adelante en el mismo video) y sigue con insistencia a la dama por todas partes. Pero el hábito no hace al monje, aún en casos de acoso.

Aunque Preciado es investigador privado, no puede ocultarse –es de constitución conspicua: viste de traje y lentes negros, y siempre trae binoculares o una cámara con telefoto- mientras observa que la mujer se queja amargamente con una amiga de que el IP la trae jodida por el acoso amoroso. Aquí uno se da cuenta de que él tiene el privilegio de escuchar parte de las conversaciones de los protagonistas, porque si siguiéramos la letra de la canción no entenderíamos ni madre. Luego, como parte de un inteligente plan de seducción, la sorprende y la besa en la boca mientras su ¿ayudante? ¿compadre? ¿judicial favorito? les toma una foto. Ella se separa del beso imprevisto y le acomoda, de una cachetada, el mentón en el lomo. Pero la foto va a dar a las manos del marido de la susodicha.

Está uno a punto de enterarse del desenlace (¿se darán de cornadas ambos cónyuges?) cuando en la pantalla aparece: “Continuará...” Se nos acabó el video pero no la historia. Y sólo nos recurre la imagen de Preciado, cortando un cartucho, para dejar el tiro eterna y onánicamente en la recámara.


Sólo para veraderos fans: http://www.youtube.com/watch?v=NeDhAOHs3MY

Imágenes para documentar el kitsch I

El Coyote –uno de los galanes más preciados, kilo por kilo, de la banda sinaloense contemporánea- está perdidamente enamorado de su productora, una joven guapa y moderna, como 20 años y 110 kilos menos que él. Hasta en un vídeo clip de Videorola esto es un amor imposible.

Pero el gordillo es un poeta, de botas vaqueras y un comal de oro colgado del b(v)asto cuello, así que, en lo alto de un risco y con el mar como fondo, escribe y escribe líneas en una vieja máquina de escribir Underwood. ¿Qué escribe? Nadie sabe. Acaso encendidos versos de desamor; a lo mejor una canción desesperada; probablemente su urgente declaración de impuestos, ahora que los intelectuales también (lloran y) pagan.

Editamos a un over shoulder del Coyote, que deja caer sus manos como racimos de platanitos dominicos sobre las teclas negras. Plano general: en el risco junto al mar, medio nublado con sol. La torrencial lluvia de una manguera de media pulgada se abate –como lágrimas de utilería- sobre el lomo de nuestro personaje. Está lloviendo con sol: en Sinaloa dicen que están pariendo las venadas y, por lo que se ve, también un corazón.

El Coyote sigue tecleando con furia, pero la lluvia le enfría el ardor y sale de escena tan rápido como su volumen-ominosa figura se lo permite. Corte a: plano detalle del frente de la máquina Underwood, donde se aprecian las teclas aplastadas y atoradas por la amorosa furia. Aquí finalmente, se descorre el velo del misterio: no estaba escribiendo nada, estaba usando la máquina como instrumento de percusión para acompañar su gustadísimo éxito: “Sufro-o-o...”
Sólo para fans irredentos: http://www.youtube.com/watch?v=iNNKfhJlp1s

lunes, 24 de mayo de 2010

El regreso del feudalismo

Gran parte del triunfo de los señores neofeudales se basa en el fracaso de la sociedad moderna para garantizar equidad. La gran esperanza de la democracia de crear condiciones de igualdad es más lejana que nunca. La mayoría de nuestros países ven aumentar la pobreza, no la distribución de la riqueza.

A este desencanto habría que agregar la creciente influencia de las corporaciones en el sentido de pertenencia de los grupos sociales, desde el ámbito laboral hasta el deportivo y la sustitución de los símbolos tradicionales.

En el ámbito deportivo, por ejemplo, desaparecieron las ciudades, los barrios, los uniformes y los nombres del equipo como signo de identidad: lo que ahora ocupa el frente y el revés de camisetas y pantaloncillos son marcas y más marcas comerciales. Muy en ello, con las camisetas y el merchandise diverso de los clubes, uno paga también por portar la publicidad

Las religiones más o menos constituidas están siendo reemplazadas por rituales y creencias disímbolas, disparatadas y diversas, pero todas encantadoramente verosímiles. Que si las velas de aroma, que si los cuarzos, las pláticas con ángeles, el incienso, los colores, las apariciones de vírgenes en cada objeto ovoide, el tarot, la música de los chacras y toda esa charlatanería cursi que se autodenomina new age.

Pero el neofeudalismo tiene su caracterización también en una serie de ideas fijas:

1.- El nuevo señor feudal desconfía de los poderes establecidos. Tiene la firme convicción de que las instituciones públicas son una forma más para arrebatarle su riqueza. Para él, la única organización eficiente es la privada. Organización que no tiene ganancias en dinero, es una organización inútil. Por lo tanto, toda institución pública que se respete debe organizarse en estratos gerenciales y cobrar. Se asume como redentor de la sociedad actual, siempre y cuando no se le cuestione ni su riqueza ni su manera de acumularla; también considera que su bienestar y el de sus empresas son indicativos del bienestar de la sociedad; por lo tanto, todas aquellas acciones de gobierno que lo favorezcan, favorecen necesariamente a la sociedad. Ya no es el aforismo absolutista de “El estado soy yo”, ahora es “Mi negocio es la sociedad”.

2.- El neofeudal desconfía de los sistemas de control social y vigilancia: establece los suyos propios. Crea sus propios entornos sociales y habitacionales, y los cierra en nombre de la libertad que se abroga para restringir las libertades de los demás. Los espacios citadinos son sus espacios, y están bajo su control. Tiene la firme convicción de que a la sociedad le importa un bledo su seguridad. Esto no le impide exigir al gobierno que corra con los gastos de mantenimiento urbano y seguridad.

3. El señor neofeudal procura tener su propia corte, la cual le forma un entorno que lo hace sentir seguro de que sabe más porque tiene más (¿o viceversa?) y le procura un espacio donde hay de todo: bufones, sabios, comerciantes, artesanos, cortesanos y cortesanas, artistas y religiosos. Le gusta pasar por benefactor, en la medida que los gastos originados se le puedan cargar al erario. La corte tiene sus protocolos y sus ritos, sus pugnas internas y escasa movilidad. Quien entra como paje, generalmente como paje se queda.

4. El neofeudal es individualista, por lo tanto, aborrece todo aquello que tenga que ver con la colectividad. Para esconder esta ideología, le gusta ponerle nombres diferentes a las cosas, con tal de que no aparezca “social”: Desarrollo Humano, Economía Humanista, etc. Para él la sociedad no es más que la suma de los individuos.