lunes, 1 de noviembre de 2010

Día de muertos

Levanté un arco con flores de veinte pétalos. Encendí mis recuerdos para que puedas llegar a casa. Destapé una botella de licor y la bebí en tres tragos. Volví a la vieja calle de Federación, para comer maiz y tomar atole. Me asomé por los ojos huecos de una máscara de cartón y la vida aún seguía. Tú y yo caminábamos por una calle de luces amarillas. Me tomaste de la mano y me dijiste: “sigue”. Tú te fuiste por delante y me sonreíste a la entrada de la alameda. Murmuraste: “ojalá nos volvamos a ver”. Padre mío, estoy a la altura de la primera base. Ahora jugamos en casa. Tengo la manilla puesta para calentar el brazo. A lo lejos, el bosque de la Primavera nos ve ensayar un juego crucial. La vida es pichar, cachar o batear en un perpetuo tres-y-dos.