lunes, 21 de junio de 2010

Postales de viaje

De nuevo en el DF. Recorro como de costumbre el centro histórico para toparme con las alegorías cotidianas. Como este defeño bajito y prieto que me mira con una especie de rencor quién sabe por qué. Lleva en su cara las marcas de la derrota sufrida hace 500 años ante los españoles y la viruela. Para un provinciano como yo, hay en correspondencia un temor atávico con todo el que me topa o me rebasa. Siempre me causa un sobresalto. Creo que concebimos como un mal nacional cuando el chilango se sale de la ruta que mentalmente le hemos trazado.

Cruzo el portal de Santo Domingo. Me ven cara de querer comprar, porque todos los presentes me ofrecen el documento que necesite. Documento falsificado, por supuesto. Trato inútilmente de esquivarlos y, en plena huída, me meto en la Iglesia de los Dominicos, aquí, a un costado. Es bellísima. Está sola, salvo por un par de viejos -uno sentado, otro de rodillas, los dos abatidos- y yo. En este templo, mayo es el mes más cruel, adivino a través de las lápidas en los nichos mortuorios, fechadas en mayo de 1866 ó 1835 ó 1869. Todas lamentándose y guardando “el tierno recuerdo” de sus muertos. Tienen razón: nuestros muertos no envejecen; al contrario, se van rejuveneciendo en nuestra memoria, hasta llegar al status tiernamente infantil o juvenil, en ese tiempo pasado que siempre es mejor y que finalmente nos habita.

Quedo de frente al altar mayor y me custodian los dos laterales, de donde se asoman las caras inexpresivas y apretadas de ángeles y querubines. Varios benditos asoman también su rostro por entre las volutas recubiertas de oro; otros bienaventurados medio sonríen indiferentes desde sus pedestales, ahora oscuros por el humo de las velas, del incienso y de los automóviles. Ya ni siquiera se adivinan sus nombres en el frente, borrados por el tiempo y ciento cincuenta años de juarismo.

Regreso a las apretadas calles del centro. Edificios de todas las épocas se apretujan unos contra otros. Parece una dentadura a la que, de tan vieja, le han salido demasiadas muelas del juicio. Camino bajo el ruido disperso, que de repente se concentra en una bocina de una patrulla conducida por una mujer policía. Grita: “¡Avancen, avancen!”, como si tratara de arriar a todo el país y no sólo al par de taxistas que se disputan una llevada. Regreso pensando en hacer una síntesis de todo: las calles, la gente, la Coyolxahuqui desmembrada al sol, los evangelistas apócrifos del portal de Santo Domingo, la marcha forzada de los santos en las iglesias desiertas, la piratería, los millones de muertos y de vivos de esta ciudad. Pero sólo percibo un dejo de venganza todavía no consumada.

sábado, 5 de junio de 2010

El neobuchón

El Neobuchón es la etapa más reciente en la escala histórica del narcotráfico. Después de pasar por varios estadios, desde aquel lejano en que trataba el narco de distanciarse de los círculos sociales, hasta su intento de asimilarse a la sociedad, pasando por su aceptación y encumbramiento, esta época reciente se caracteriza por el triunfo cultural de los neobuchones, según dice Gerhard von Schwartzen-Arandenner, investigador y sociólogo que, gracias a ser alemán y residir a 9783 kilómetros de distancia de Sinaloa, Michoacán, Tamaulipas y Nuevo León, puede afirmar lo que le venga en gana, sin temor de amanecer en calidad de medio que es mensaje.

Este triunfo cultural (y en cierta forma moral) está caracterizado por la aceptación general de la figura del narco en la cultura nacional y en la vida cotidiana, y el traslado de sus valores (y por lo tanto de su moral) a la sociedad. El buchonismo es emblemático de lo que ahora llaman “cultura popular” y que no es otra cosa que un subproducto de la mercadotecnia. Pongo a VideoRola por testigo, o a Bandamax, o cualquier palenque de cualquier feria. Porque la principal característica de la estética neobuchona es su reto franco y decidido a lo que en algún momento se conoció como “buen gusto”, o “gusto” a secas. Von Schwartzen no duda en mencionar a Humberto Eco, que describe el arte kitsch –vulgar, de mal gusto- como un trasvase de estilemas. Si señor, como usted lo leyó. Preocupado porque no le entendí ni madres, y recurriendo a mi anciano maestro de semiótica estructuralista, por fin acaté que no es otra cosa que tomar –digámoslo así- envases y cambiarles el contenido. Como un pariente mío, que rellenaba botellas de VSOP con brandy Presidente, alegando –con mucho éxito- que nadie notaría la diferencia.

Pues así pasa con el neobuchón, en cuestiones estéticas: toma una camisa de seda, y en lugar de estamparle un dragón, le pone una calca de San Judas Tadeo; maneja sus mercedes, jaguares, bmw, o hummers con el estéreo y el Coyote y su banda Tierra Santa a todo volumen; compra sus casas en los fraccionamientos más exclusivos para convertirlos en quinto patio y rellenarlos de matones; ha hecho que los niños bien y júniores varios se peleen por su compañía y copien su look. Toma empresas para rellenarlas de dinero sucio, presto para ser lavado.

Pero más allá del pintoresquismo, cuya crítica pueda incluso interpretarse como clasista, está el triunfo moral, el triunfo del inmediatismo y el facilismo sobre el trabajo y la previsión. El triunfo de la ganancia sobre la honestidad; de la gritería apabullante sobre el razonamiento. El triunfo final que sólo se justifica en el triunfo mismo.

No queda más que ser pesimista como el propio investigador alemán. Y acostumbrarnos a leer todas las mañanas las infaustas noticias de la vida nacional escritas con la peculiar sintaxis de los narcotraficantes neobuchones. A desayunarnos cotidianamente con la inequívoca semiología de los cadáveres.

martes, 1 de junio de 2010

Del juniorismo

Ya les platicaré de la buchonización de la sociedad. Es un proceso que pudiera aparentar que toda esta sociedad está compuesta por buchones, por la sencilla razón de que están los que son, los que quieren ser y los que nada más quieren aparentar (y el resto, claro está, que nomás somos espectadores o daños colaterales).

Los adultos ya se definieron a estas alturas y, o están metidos en el negocio o están ajenos completamente o ya se son casualties of war. Pero me voy a referir a los júniores que abarrotan y fatigan nuestras calles por las noches: ya hasta creo tener una tipología que distingue a unos de los otros. Conceptualmente, porque hacer un estudio de campo es muy costoso. Hasta puede ir la vida en ello. Aquí mis apuntes.

El narco júnior: este es el tipo más peligroso. Son hijos de los que andan en el negocio y la prepotencia la mamaron desde chiquitos. Estudian en escuelas particulares, de todos los rangos. Traen autos de lujo último modelo y lana para mantener una cuota de amigos y amigas que le festejan cuanta ocurrencia criminal tienen. Son clientes predilectos de las tamboras, los antros y las vinaterías. En Culiacán se sienten (o son) dueños de Las Quintas y anexas, y las han convertido en su bar particular, avenidas incluidas. La policía se les cuadra. En las horas más altas de la madrugada, descargan sus armas de fuego, al igual que el perro le ladra a la luna. Es conmovedor, me cai.

El júnior narco: este es menos peligroso, porque generalmente proviene de las clases medias en todo su espectro. Pero, como la movilidad social entre las clases media y alta tiene muchos escalones, le entran al ascensor del tráfico de drogas al menudeo, en primera estancia. Son parte del círculo de amigos que se transforma en empleados. Aún así, empiezan a hacer una pequeña fortuna que les alcanza para una vida parecida a la del narco júnior, con más riesgo, ya que viven entre la espada de la policía y la pared del proveedor.

El júnior narcoide: este ni está ni se rodea: simplemente quiere parecerlo porque se le hace chilo. Trae todos los corridos prohibidos en el estéreo del carro, está al pendiente del Foro Tecate y disfruta verdaderamente del palenque de la Feria Ganadera. Se siente cool en camionetas de cuatro por cuatro (de modelos atrasados) y piensa que el Lupillo Rivera es la versión actualizada de Pedro Infante. Gasta los ahorros familiares en algo de ropa versache y comales de oro para el pecho. Ve de lejos y con respecto a las dos clasificaciones anteriores y sueña entrar en su VIP del antro. Cree que Aunque nos maten es una novela y que Jorge Aragón es literato.