A partir de la edición del libro “Los medios como extensiones del hombre”, de Marshall McLuhan, que avistaba la “globalización de la aldea”, nos hemos venido preocupando por la pérdida de nuestra identidad en manos de la homogeneidad que los medios masivos producen. El concepto de la aldea global nos ha perseguido, a contrapelo de nuestros nacionalismos. Sin embargo, con todo y el desarrollo mediático que se ha dado desde entonces, sigue subyaciendo al menos un escudo decimonónico: el provincianismo en la cultura.
Nuestro provincianismo vive agazapado en sus reductos naturales: los “ateneos” y capillas culturales; en alguna que otra crónica; en las asociaciones de escritores a la sombra de algún poeta o narrador que ya era trasnochado en su época; en las reuniones de doñitas de sociedad elevadas al rango de organizaciones civiles; en los admiradores de algún maestro de arte; o en los talleristas eventuales, diletantes y tránsfugas de los géneros (literarios).
Y es que nuestro provincianismo se sigue alimentando de citas sueltas, inscritas en nuestra memoria gracias al declamador sin maestro o a las 100 más bellas poesías. Se fortalece con la retacería musical compuesta de lugares comunes, del pastiche complaciente que no exige nada a los públicos ni a los artistas. El medio también es el “masaje” llegó a decir el citado McLuhan: el medio es también relajar al destinatario, no asustarlo ni retarlo. Nuestro provincianismo vive aún de ese medio que es mensaje: de la reiteración de lo exitoso, del eterno retorno de las mismas cosas, en las mismas épocas. De la minimización de los riesgos.
Y es que el riesgo debe ser minimizado para poder proteger el pedestal que el provinciano tiene erigido para sí mismo. Directores de música o de teatro que prohíben a sus miembros, so pena de ser excluidos del grupo, que vean a otros grupos, locales o foráneos. Que hacen del encerramiento su única posibilidad de sobrevivencia, que sólo se sienten seguros a la sombra de la admiración pueblerina.
Así se minimiza el riesgo que implica emprender nuevas ideas, nuevos repertorios. Así, nos quedamos atrapados en dos o tres líneas de Juan de Dios Peza, Tablada o López Velarde; en la música decimonónica (incluida la música mexicana de buena parte del siglo XX, que también lo es); en los artistas de la región que tienen el gran mérito de ser los artistas de la región. De enarbolar las banderas que nos hacen reconocibles y nos colocan delante de las huestes que preservan el entorno de los compartimentos estancos de la provincia.
Ya lo decía Salvador Novo, a propósito de la aparición de “Banderas de Provincia”, revista que encabezaba Yáñez junto a varios escritores más: “que son vuestras bucólicas poesías / reflejos de reflejos de reflejos”.
viernes, 18 de marzo de 2011
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