La verdad, la verdad, no soy muy afecto a asistir a las presentaciones de libros. No tengo nada en contra de ellas, es una mera cuestión de gustos personales. Por eso cada que estoy obligado a ir, me paso más tiempo en la absorta contemplación de los techos, que en lo que sucede en ese parnaso que habitualmente se instala en una tarima de dos por seis.
Lo que pasa en todas es básicamente lo mismo. Generalmente, pues, se instala una división de niveles: los de arriba, que llevan la voz cantante; y los de abajo, de común ordenados en círculos, como en el infierno de Dante. Los de arriba pueden ser tres o cuatro, dependiendo de si hay moderador o si hay maestro de ceremonias (que es nuestro Virgilio, escoltándonos a la gloria y presentándonos a los bienaventurados): el autor, al centro; a su lado los comentaristas, que habitualmente aprovechan la presentación de las personalidades del presidium que hoy nos acompañan para terminar sus notas sobre un libro que, en la mayoría de los casos, no han terminado de leer.
No por eso hay menos elogios, ni menos oportunidades de evocar algunas citas de aquí y allá, del libro en cuestión o de alguna referencia alterna aunque no venga al caso. Un amigo mío, presentador consuetudinario, ha desarrollado una técnica que lo redime incluso de leer posteriormente el libro: entresaca párrafos del principio, el medio y el final. Da la impresión de una lectura cabal. No deja de tener sus riesgos, pues es una especie de ruleta rusa que puede descontextualizar un concepto. Lo bueno es que los libros han sido celosamente guardados hasta ese preciso momento en que las edecanes los acomodan en el aparador donde se ponen en venta. Así que el único que se puede dar cuenta es el autor, si es que está poniendo atención y no está vigilando la entrada, pendiente de si llega este o aquel detractor, amigo de reventar los “eventos”.
Entre el público se entremezcla lo más variado de los mortales: familiares (que siempre llevan el brillo en los ojos); maestros, compañeros y alumnos del autor; amigos varios, interesados en el tema y funcionarios de la casa editora. Estos forman el primer círculo. En el segundo están los periodistas encargados de la reseña, libreta en mano; dos o tres infantes terribles, con algunas notas lapidarias; y los habituales asistentes a todo, que toman esto como terapia ocupacional.
En el tercer círculo aparecen los que van al cóctel y que se acomodan convenientemente cerca de la mesa de bocadillos, el vino de mesa, el café y las pastas. A este pertenezco yo. Ahí la conversación aflora jubilosa, se entera uno de los últimos chismes de la precaria aldea de la cultura y se hace la glosa del libro que aún no se ha leído.
Este es el lugar ideal para pasar la última parte de la presentación, sobre todo esa que preludia el verdadero infierno y que comienza cuando un asistente se levanta y dice voz engolada: “primero haré unos comentarios breves y luego unas preguntas”. Este es sin duda el escalofriante prolegómeno de una conferencia paralela, así que más vale refugiarse entre el limbo de los bocadillos y las edecanes o, de plano, regresar a la selva oscura en la noche de la ciudad.
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